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EL ALTO PRECIO DE SER UNO/A MISMO/A

Una vez me perdí y decidí buscar el camino para volver a casa, pero me di cuenta que el camino se había diluido entre árboles,preguntas sin resolver, miedos, identidades borrosas y un inmenso bosque de conciencias.

Ningún mapa me servía. Aunque el territorio era el mismo yo había olvidado, dando vueltas en ese bosque, la forma de leer un mapa.

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Empecé a caminar con desatino, frustrada y en algún que otro claro intuía caminos que parecían llevarme a casa, pero siempre volvía a perderme. Comenzó a invadirme una soledad absoluta, la soledad de la buscadora. Me acostumbré a mi misma y cuando transitaba algún camino nuevo la gente con la que me encontraba me daba miedo. En aquel bosque había olvidado, también, junto al mapa, las palabras, las palabras habituales, tan alejadas del corazón.

Después de tantos años caminando sin tregua, descansando en claros y durmiendo al abrigo de un silencio sordo y desconocido llegué a casa. Miré dentro y todo estaba igual, pero sus espejos  me devolvían una imagen distorsionada. Esa ya no era mi casa.

Me sentí desahuciada porque no me reconocía en mi antiguo hogar, no me reconocía en las personas que me rodeaban. Me sentía irremediablemente sola, desafortunadamente sola y me arrepentí de haberme perdido, de haber olvidado las palabras que me calentaban en mi vieja casa. Sabía que mi hogar estaba más cerca, en aquel bosque, junto a mí, dentro de mí y también sabía el alto precio que pagaba habitando entre sus paredes.